En una aula de la Escuela Pedro de Mendoza, en el corazón de La Boca, descansa uno de los murales menos conocidos de Benito Quinquela Martín: Buzos en el fondo del mar. Restaurado poco antes de la pandemia, este mural revela un costado más oscuro y onírico del emblemático pintor del barrio.

A diferencia de sus vibrantes escenas portuarias, la obra sumerge al espectador en verdes densos y profundidades marinas donde buzos, peces y algas evocan tanto la belleza como el riesgo del trabajo oculto en el fondo del río. Según el director del Museo Quinquela Martín, Víctor Fernández, la oscuridad del mural no es un defecto, sino un recurso expresivo que muestra la versatilidad del artista.

Autodidacta, adoptado tras ser abandonado de bebé, Quinquela convirtió su experiencia vital en arte popular. Elevó a los estibadores y al puerto como símbolos de una Buenos Aires trabajadora y digna. Su legado va más allá del lienzo: donó terrenos, construyó escuelas y convirtió espacios públicos en museos vivos.

Buzos en el fondo del mar es testimonio de ese legado: un arte que no busca lujo, sino identidad, comunidad y transformación.

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