El escándalo por los “sobornos” en el Senado y su enfrentamiento con De la Rúa precipitaron la salida del vicepresidente en octubre de 2000.
Hace exactamente 25 años, el 6 de octubre de 2000, Carlos “Chacho” Álvarez sorprendía al país al presentar su renuncia a la vicepresidencia, en un gesto que él mismo definió como una defensa de los valores éticos frente a la corrupción. Su dimisión, motivada por el escándalo de presuntos sobornos en el Senado para aprobar la reforma laboral, golpeó de lleno al gobierno de Fernando de la Rúa y marcó el principio del fin de la coalición gobernante, la Alianza.
El punto de quiebre fue la decisión de De la Rúa de mantener en la Secretaría de Inteligencia a su amigo Fernando de Santibáñes y de ascender a Alberto Flamarique, entonces ministro de Trabajo y señalado por Álvarez como uno de los operadores de las “coimas”. Para el líder del Frepaso, esa jugada equivalió a una desautorización total y lo dejó sin margen político dentro del gobierno.
Álvarez renunció en el Hotel Castelar, donde aseguró que seguiría “peleando por los mismos ideales desde el llano”. El gesto lo proyectó como una “reserva moral”, aunque dirigentes de peso, como Graciela Fernández Meijide, calificaron la salida como un acto de “individualismo insólito” que desarmó al Frepaso y debilitó mortalmente a la Alianza.
La causa judicial sobre los sobornos se extendió durante más de una década. En 2003, el exsecretario parlamentario Mario Pontaquarto se presentó como arrepentido y aseguró haber trasladado el dinero por orden de De la Rúa. Sin embargo, en 2013, el Tribunal Oral Federal N° 3 absolvió al expresidente y a todos los acusados, al considerar “inverosímil y mendaz” la versión de Pontaquarto.
La renuncia de Álvarez dejó una marca profunda en la historia política reciente: fue interpretada como un gesto ético por algunos y como un error político por otros. Para Eduardo Duhalde, fue una decisión que dejó al gobierno “herido en un ala”. Para muchos analistas, se trató de un golpe que aceleró el derrumbe institucional que desembocaría en la crisis de 2001.
Veinticinco años después, el episodio sigue siendo objeto de debate. ¿Fue un acto de integridad en medio de intrigas políticas y económicas o una jugada que, al aislar a la “reserva moral” de la Alianza, terminó por sellar la suerte del gobierno y del propio Chacho Álvarez?










