Tras la captura de Nicolás Maduro, el poder en Venezuela quedó en manos de Delcy Rodríguez, una de las figuras más influyentes del chavismo. Su designación abre una etapa de transición marcada por fuertes tensiones internas y una intensa vigilancia internacional.
Rodríguez, abogada de 56 años, es una histórica dirigente del chavismo y una de las funcionarias con mayor conocimiento del funcionamiento del Estado venezolano. A lo largo de más de una década ocupó cargos centrales en los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, lo que le permitió tejer vínculos estrechos con la cúpula política y militar, un respaldo decisivo para asumir el mando en este contexto excepcional.
Su trayectoria incluye pasos por los ministerios de Comunicación y Relaciones Exteriores, donde fue la primera mujer en ocupar ese cargo, y luego la Vicepresidencia. Con el tiempo, concentró aún más poder al quedar al frente de áreas estratégicas como la inteligencia del Estado y la política económica, combinando un discurso ideológico firme con intentos de diálogo con sectores empresariales e inversores.
En el plano internacional, Rodríguez es una figura controvertida. Fue sancionada por Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea por su rol dentro del régimen, aunque en los últimos años algunos actores externos la consideraron una posible interlocutora para encauzar una transición negociada. Desde Washington, el gobierno estadounidense dejó abierta la puerta a una cooperación condicionada a decisiones concretas de su gestión.
El principal desafío de su gobierno interino será sostener la cohesión interna del chavismo y garantizar el respaldo de las Fuerzas Armadas, en medio de una economía profundamente deteriorada y una crisis social de larga data. Mientras la comunidad internacional observa con cautela, Delcy Rodríguez se posiciona como la figura central de una etapa cargada de incertidumbre y expectativas sobre un eventual cambio de rumbo en Venezuela.










